• Silvia Felipe

Del extraño placer de sentir miedo…

Actualizado: 21 ene 2018


Este pasado puente me he sorprendido al descubrir lo que disfruto un sábado noche en casa, viendo películas de terror hasta altas horas de la madrugada. Obtengo mucho más placer de esta manera, que saliendo por ahí a cenar o a divertirme con amigos. ¿Será la edad? ¿Será el cansancio? ¿Será que ya me gusto lo suficiente como para tolerar una velada conmigo misma? Espero que sea esta última...

 

De todas formas, no deja de ser curioso que a una persona como yo le fascine de esa manera el género del miedo y el terror. Curioso porque conozco pocas personas que sean más miedosas que yo en la vida real. Y con vida real me refiero a nuestra manera de movernos por el mundo, a nuestra forma de percibir nuevas experiencias, incluso a un rasgo de personalidad, si queréis llamarlo así.

 

Debido a mi estructura de personalidad, el miedo es algo familiar en mi vida, un viejo conocido del que parece que no me quiero desprender por completo. Tal vez por temor de no saber controlar aquello que venga después. Los fóbicos como yo (según las estructuras de personalidad del psicoanálisis) nos movemos bien a través de esa bruma molesta que es el miedo. O mejor dicho, sabemos manejarnos mejor que cualquier otra estructura con la angustia. Los ataques de pánico, la ansiedad desbordante, el miedo desdibujado son acompañantes usuales en nuestras vidas.

 

De alguna manera, es como si los fóbicos viniésemos con ración doble de angustia en nuestra psique, o tal vez nuestras defensas son más permeables que las del resto de otras estructuras, precisamente porque el mismo miedo forma parte de nosotros. Como si la angustia nos moldeara, como si fuese el traje con el que hemos crecido y hemos aprendido a vivir.

 

En mi caso, hay un montón de cosas que evito hacer por miedo. No me gustan las montañas rusas, odio las casas del terror, y prefiero mil veces caminar acompañada por la noche de regreso a casa que sola. Además de esto, si alguno de los que me importan llega tarde o no tengo noticias suyas, siempre imagino el peor escenario posible. No me da por pensar que se han encontrado con algún viejo amigo y están charlando tranquilamente, o que han conocido a su actor favorito y les está ofreciendo un papel en su próxima película (típica situación cotidiana). Siempre evoco imágenes en mi mente de desgracias, problemas y preocupaciones, y la angustia hace acto de presencia.

 

¿Pero por qué? ¿Qué necesidad hay? Puede que ninguna. Pero creo que he llegado a cierto entendimiento de mí misma en este aspecto, y en parte ha sido gracias a las películas de terror. Cuando me pongo una película de terror, espero que sea aterradora. Cuanto más miedo me dé, mejor. Cuanto peor me lo haga pasar, mejor. Cuanto más me quite el sueño, mejor. ¿¿Por qué?? Porque me da una falsa sensación de control. Una ilusión de miedo controlado, el sueño (o pesadilla) de cualquier fóbico. Cuando veo una película de terror, elijo ponerla yo. Decido yo el momento en el que voy a pasar miedo. Pero sobre todo, puedo focalizar mi angustia. La película en cuestión actúa como un espejo, porque al fin y al cabo lo único que refleja es mi propio miedo pero con una forma específica, bien dibujado y con unos límites claros. Por unos momentos, puedo sacar parte de mi angustia y colocarla en el argumento de la película que estoy viendo, lo que me permite un enorme respiro. Por esta razón necesito que la película sea terrorífica, porque si no, no funciona. 

 

Las películas de terror y las desgracias fantaseadas son entrenamientos para hacerle frente a una angustia que llevo conmigo en todo momento, y que eventualmente, por alguna razón externa, hará acto de presencia y amenazará esta falsa sensación de realidad.

 

Así que, dicho lo dicho, permitid a esta fóbica seguir con sus pelis de terror y sus amados monstruos, porque es mucho más llevadero para nuestro yo tenerle miedo a la oscuridad, las serpientes, o las alturas, que tenerle miedo al mismo miedo. Aunque, de nuevo, puede que el último paso sea precisamente ése, y tengamos todos que aprender a vivir con esa sensación de angustia desdibujada en lugar de tratar de enmascararla con metáforas y formas varias. Pero eso da para otro post... 

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