• Silvia Felipe

Y si me miras, soy... (o del estadio del espejo)

Actualizado: 21 ene 2018


"Nunca quiero ni pensar que tus ojos me dejen de ver...", como decía Gloria Estefan en su canción. Con la llegada del 14 de febrero, el blog se pone sentimental. Y uno de los conceptos psicoanalíticos que más me gustan, por lo que implica a nivel de formación del yo y en las relaciones con los otros, es el del estadio del espejo.

 

El estadio del espejo es un concepto propuesto por Lacan en el año 1935, y designa una fase del desarrollo del bebé, que abarca desde los 6 hasta los 18 meses aproximadamente, en la que por primera vez el bebé es capaz de reconocer su imagen especular. Sencillo, ¿verdad? Vamos a indagar más...

 

De acuerdo con la teoría psicoanalítica, cuando nace el bebé, es un ser indiferenciado de la madre, no es consciente de su individualidad como un yo separado de ella. Es todo Ello, todo instinto y necesidad, y vive una relación ideal de fusión con la madre. Este primer estado es denominado Yo Ideal, puesto que para el bebé es un estado de satisfacción completa, pero es patológico, ya que el bebé todavía no tiene ni siquiera un Yo con el que reconocerse y diferenciarse de su entorno y de los otros. Este estado de Yo Ideal ha de romperse, ha de escindirse, para que en lugar de ser una unidad, de paso a dos entidades diferenciadas: la madre y el bebé. Esta escisión se consigue con una primera frustración que ejerce la madre, y una vez se da esta frustración, ya tenemos medio camino recorrido en nuestra búsqueda de un Yo para nuestro bebé.

 

El Yo Ideal se ha escindido, se ha roto la fusión entre el bebé y su madre, y ahora el bebé se sabe diferente de aquella Otra que es su madre. Pero aún nos falta lo más importante, que el bebé se reconozca a sí mismo: hemos de dotarle de un Yo. Es entonces cuando se ha de producir el fenómeno del estadio del espejo. 

 

 Entre los 6 y los 18 meses, el bebé es un ser que no es capaz de moverse con libertad, que aún no controla del todo sus funciones motrices, que está a expensas de la lactancia para desarrollarse adecuadamente y sobrevivir... pero sin embargo, a pesar de todas esas carencias, a pesar de toda esa impotencia, puede reconocer su imagen en un espejo. Por primera vez el bebé es capaz de ver la totalidad de su ser, no de un cuerpo fragmentado como había visto hasta ahora, sino un ser completo: él mismo. A partir de ver su imagen reflejada en el espejo, el bebé adquiere un Yo. Es decir, la adquisición del Yo, por mucho que narcisísticamente nos duela, es siempre un proceso secundario.

 

Pero cuidado, porque Lacan no lo deja aquí, y años más tarde hace una reformulación del concepto, resaltando la vital importancia de un Otro (una Otra) para la formación del Yo. No es suficiente con que el niño pueda percibir su imagen especular, sino que ha de percibir, también, el reconocimiento de un Otro, su aprobación. Por ejemplo, una sonrisa de la madre al ver el regocijo de su bebé al mirarse, o un gesto de asentimiento del padre mientras su bebé descubre su imago. Es decir, nos ganamos nuestro Yo tras ser reconocidos por un Otro. Nuestra propia existencia (a un nivel de instancia psíquica) viene condicionada por el reconocimiento de un Otro. Es nuestra madre (o la persona que ejerza la función materna), esa primera gran Otra que al reconocernos, nos otorga un Yo con el que poder vivir. Hemos de tomar el espejo como una metáfora, ya que el mejor reflejo que podemos encontrar está siempre en los ojos de la madre. ¿Pero, en qué posición nos deja esto?

 

 Parece que nos pasemos la vida buscando, de alguna manera, volver a ese momento en el que nos reconocieron por vez primera, tratando de encontrar esos ojos que nos otorgaron una identidad de la que nos enorgullecemos (o no). En nuestra familia, en nuestros amigos, en nuestras parejas... buscamos, de forma infructuosa, volver a ese estado de Yo Ideal en el que éramos uno con nuestra gran Otra, éramos omnipotentes, y estábamos completos. Pero, como he dicho, se trata de una búsqueda infructuosa.

 

Afortunadamente nunca vamos a volver a ese momento, afortunadamente nunca vamos a volver a sentirnos completos, y afortunadamente tenemos un Yo del que quejarnos, con el que disfrutar, con el que gozar... con el que vivir. Y, por supuesto, estamos "condenados" en cierta manera a una búsqueda eterna de un Otro con el que sentirnos uno: y buscamos nuevas parejas que nos hagan volar, buscamos nuevos amigos que nos hagan reír, y en ocasiones, buscamos un psicoanalista que al final acaba haciéndonos ver que ese Otro, ya no existe. Y que hemos de aprender a mirarnos mejor nosotros mismos. Porque, tal vez, puede que el pago por nuestra preciada individualidad sea, precisamente, el saber que ese reconocimiento no va a llegar...

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